Maldito Alzheimer

www.gamisolution.comEn la entrada anterior hablábamos del Alzheimer, una enfermedad devastadora que, decíamos, podría ya considerarse como una auténtica plaga en nuestros tiempos. Ayer volví a toparme con su estremecedor poder destructivo.

Imparto talleres de estimulación cognitiva para mayores desde hace siete años. Algunas personas llevan exactamente siete años conmigo, pues, año tras año, acuden a mi taller y, gracias a nuestro método, quedan enganchados y vienen con mucha ilusión y ganas. No es raro que acudan matrimonios o hermanos, además de grupos de amigos. Pero ayer una de esas parejas a la que me refiero, que conozco desde el principio, no se pudo presentar; solo lo hizo uno de sus miembros. Es una pareja muy unida, tanto, que todas las actividades que realizan las hacen juntos: talleres, viajes, comidas en sociedad… todo, absolutamente todo. Además, el cariño que se demuestran desde que los conozco es envidiable. Sin embargo, ayer, por uno de los dos me enteré de que lo idílico de su relación, indestructible hasta ahora, lo ha exterminado el Alzheimer. El maldito Alzheimer.

Esta persona venía con la intención de apuntarse a mi taller, más que nada para distraerse durante la hora y media que dura y tratar de no pensar en el problema que tiene encima, además de tener un pequeño respiro, dado que cuidar de una persona con Alzheimer resulta agotador. Pero no pudo; en cuanto entró por la puerta, vi en sus ojos cómo observaba el sitio donde se sentaba con su pareja, y apenas abrió la boca para explicarme su situación y se derrumbó. Salió corriendo de la clase con el rostro descompuesto en una mal disimulada mueca de dolor, y yo, maldita sea, no pude seguirla porque estaba rodeado de multitud de gente que había venido a apuntarse y demandaba mi atención para resolver otros problemas. Cuando por fin me vi libre de todo eso, me disculpé con los demás y salí a ver cómo estaba aquella persona. La encontré sentada en una silla cerca de la clase. Habían pasado no menos de diez minutos, y, sin embargo, seguía llorando desconsoladamente. Me explicó brevemente su situación. No le salían las palabras y optó por marcharse, diciéndome que no estaba preparada para volver. Como todo quedó ahí y yo tenía que volver al trabajo, pedí su número de teléfono al centro para poder hablar con ella tranquilamente y aconsejarla.

Pero no es suficiente. Me siento impotente, mi enemigo es terrible. No paro de pensar en lo feliz que podía seguir estando esa pareja. Ahora ya solo queda sufrimiento, el cual trataré de paliar en lo posible, pero sé nunca podrá ser como antes. Sin embargo, también sé que mi camino es el correcto, que el método que aplico hace feliz a los demás, y eso, al fin y al cabo, es lo que queremos todos, por encima de todas las cosas. Trataré de poner una sonrisa en los rostros castigados por la adversidad, al tiempo que intento estimular sus mentes para que no les sobrevenga el espantoso agravante del deterioro cognitivo. Mi objetivo primordial será este último, pero sé que ellos, como es natural, antepondrán el otro. Pues, ¿qué importa más que pasar un rato divertido y olvidar las penas cuando estas anegan tu existencia? ¿Qué hay más saludable que mantener una sonrisa en la boca durante hora y media, hacer amigos y dejar de un lado los problemas?

Por eso, cada día estoy más convencido de que este es el método a seguir, un método que requiere del profesional un esfuerzo mucho mayor que el tradicional de rellenar fichas, pero mucho más gratificante tanto para quien imparte el taller como para aquellos a quienes va destinado.

Porque estoy seguro de que lo mejor que se puede hacer en este momento contra el Alzheimer es plantarle una buena sonrisa, reírse en su cara y seguir disfrutando de los momentos que nos permita. Y si de paso conseguimos ralentizar el deterioro con la estimulación cognitiva, tanto mejor.

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